11 de junio de 2017

CASABLANCA
(USA) Warner Bros, 1942. 102 min. BN.
Pr: Hal B. Wallis. G: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch, basado en la obra "Everybody Comes to Rick's" de Murray Burnett y Joan Alison. Ft: Arthur Edeson. Mt: Owen Marks. DA: Carl Jules Weyl. Vest: Orry-Kelly. Ms: Max Steiner. Dr: Michael Curtiz.
Int: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt, Sidney Greenstreet, Peter Lorre, Dooley Wilson, S.K. Sakall, Joy Page, Madeleine Lebeau, John Qualen, Leonid Kinskey, Curt Bois, Marcel Dalio, Helmut Dantine.
En plena II Guerra Mundial, Rick Blaine (Humphrey Bogart) es un exiliado en Casablanca y propietario en esa ciudad marroquí del concurrido local "Rick's Cafe Americaine".
Por allí suele aparecer con frecuencia el cínico y ambigüo capitán Louis Renault (Claude Rains), obligadamente  al servicio del gobierno de Vichy.
Hasta la ciudad de Casablanca han ido llegando muchos refugiados huyendo del nazismo y tratando de escapar en algún vuelo. Aquí vemos al matrimonio Brandel (Joy Page y Helmut Dantine) mirando al cielo a la espera de un avión, esperanzada ella, angustiado él. 
Ugarte (Peter Lorre) es amigo de Rick. Además, un delincuente falsificador de documentos que está siendo perseguido por haber dado muerte a un correo alemán.
Un angustiado Ugarte, sintiéndose acorralado, pide ayuda a su amigo presintiendo
su inminente detención.
Rick no quiere inmiscuirse en ese asunto y se ha negado a ayudarle. Esa misma noche Ugarte es acorralado y muerto por un disparo de sus perseguidores.
Sam (Dooley Wilson) es el pianista del local y el encargado de animar a los clientes, la mayoría angustiados por salir de esa ratonera que es Casablanca en esos momentos.
El capitán Renault, que entre otras "cualidades" está la de ser un mujeriego impenitente, muestra su complacencia ante la pareja que acaba de entrar en su despacho.
Ante él se presentan Victor Laszlo /Paul Henreid) y su esposa Ilsa (Ingrid Bergman). Él es un líder de la Resistencia y debe huir para no caer en manos de los nazis.
Ferrari (Sidney Greenstreet) es dueño de un cafetín sin demasiada clientela y desea comprar el local de Rick. Aquí le vemos con Ilsa que busca desesperadamente conseguir unos pasaportes para ella y su marido.
En vísperas de la ocupación alemana, Rick tuvo en París una intensa historia de amor con Ilsa. Naturalmente, Laszlo ignora los detalles de ese romance del pasado.
A Rick, por cuestiones emocionales, se le presenta un dilema ante la petición
de ayuda del esposo de Ilsa.
El comandante alemán Heinrich Strasser (Conrad Veidt), destinado en Casablanca, es un siniestro personaje empeñado en dar caza a Victor Laszlo.
Renault, mucho más pendiente de su propia supervivencia que de la de los demás, navega entre dos aguas sorteando escollos para mantener contento a Strasser.
SINOPSIS: En 1941, Casablanca es la sala de espera para muchos refugiados de guerra que intentan desesperadamente obtener un visado para América, vía Lisboa. Rick es un americano endurecido y desencantado que regenta un café frecuentado por estos personajes, y quiere el azar que allí reencuentre a la mujer que amó en Paris dos años antes y que ahora le pide ayuda para la huida de su marido, líder de la resistencia, perseguido y acosado por los nazis.
Una imagen en la que vemos a los cuatro protagonistas en pose de llegar a algún acuerdo.
En un momento dado, en el café de Rick, Victor Laszlo desafiando a los nazis presentes en el local, enardece a los presentes iniciando el canto de "La Marsellesa".
Bajo la mirada atenta del bueno de Sam, Rick sirve una copa a Ilsa a la que pese a todos los avatares del pasado aún sigue amando.
Una imagen retrospectiva nos muestra a Ilsa y Rick muy felices viviendo su romance en París.
En su apartamento parisino nuestra embelesada pareja oye un gran tumulto en la calle.
Son las tropas nazis entrando en la capital y desfilando.
"Mientras el mundo se derrumba, nosotros nos enamoramos.
¿Son cañones o los latidos de mi corazón?".
Estamos de vuelta al presente. Rick, pistola en mano, convence al ambiguo capitán Renault de que debe ayudar a Victor a escapar de los nazis en una tensa escena.
He aquí una emblemática composición con los cuatro protagonistas, ahora situados en el neblinoso escenario del aeropuerto de Casablanca. Es el climax final en el que está a punto de dirimirse si Ilsa acompañará a su marido en el avión o si, por el contrario, se queda con Rick del que continúa enamorada.
Si tuviéramos que elegir una única imagen icónica de Bogart que transmitiera con fuerza su vertiente de romántico desencantado, sin duda muchos nos decantaríamos por este plano de “CASABLANCA”. Es el momento en que Rick asume su papel de perdedor en aras de la ética, renunciando al amor de Ilsa, mientras las élices del avión que la alejará de él se ponen en marcha.
A través de este expresivo y bellísimo primer plano de Ilse podemos comprender la intensidad de su amor por Rick y la subime generosidad de él en la última secuencia de la película.
Rick: "Siempre nos quedará París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero anoche lo recuperamos".
El plano más dramático de la película: Rick ve cómo el amor de su vida se aleja de él dispuesta a tomar un avión que les separará probablemente para siempre.
El avión finalmente ha despegado y en su interior viaja Ilsa acompañando a su marido.
"Louis, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad..."
COMENTARIO: Quizá sea esta la película que ha logrado cosechar una mayor unanimidad entre los espectadores de cine de todo el mundo a la hora de considerarla una de nuestras favoritas (no conozco a nadie que no le haya gustado y creo que todos la hemos visto más de una vez). Han transcurrido más de siete décadas desde su estreno y si bien en aquel momento su éxito fue moderado, con el paso de los años su popularidad se ha ido acrecentando llegando a convertirse en un objeto de culto. El factor nostalgia no es suficiente motivo para explicar la inextinguible adoración hacia esta película y habría que buscar otras razones como una asombrosa modernidad en la soltura y fluidez narrativa y, sobre todo, en la concepción de algunos personajes (con Rick a la cabeza). Y eso, a pesar de estar contextualizada su trama en un lugar y un momento muy concretos del devenir histórico.
La solvencia y sabiduría de Michael Curtiz, la seguridad con la que rodaba, no le convirtieron necesariamente en un “autor” tal como lo entendemos aquí en Europa y por lo tanto todas las virtudes que acumula “CASABLANCA” no podemos atribuirlas enteramente a su director (carente de universo propio) por mucho mérito que tenga su impecable puesta en escena. Tal vez debamos preguntarnos cómo habría sido el estilo, el aspecto visual, el acabado de esta película sin el look y la política de producción que caracterizaba a la Warner por aquellos años y por supuesto, sin ese reparto perfecto compuesto por Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid y los maravillosos secundarios que la habitan y enriquecen (grandiosos como siempre Claude Rains, Peter Lorre y Sidney Greenstreet). Ahora produce escalofríos imaginar el resultado si se hubiese rodado con el reparto originalmente pensado (Ronald Reagan, Ann Sheridan y Dennis Morgan). Estoy seguro de que el tono, la ironía, el humor solapado, el romanticismo que exhibe la película se habrían venido abajo.
Estamos con toda seguridad ante el máximo exponente de lo que podría denominarse "film-milagro". Y lo digo porque a causa del ritmo frenético de producción y los compromisos contraídos en aquellos momentos por la productora de los hermanos Warner, se dio el caso de que su rodaje fue caótico, lleno de improvisaciones y con un guión incompleto, sujeto a continuas modificaciones. Sin embargo, el producto resultante parece surgido de una fórmula que hubiera contenido todos los ingredientes necesarios en perfecta dosificación para obtener con pleno éxito un carismático melodrama, vibrante y pleno de emoción. Metafó­ricamente hablando, un certero disparo al corazón del espectador y por ello, un incontestable clásico continuamente visitado.
La imagen de Bogart, la del “héroe existencialista” que el actor labró a partir de “EL ÚLTIMO REFUGIO” y “EL HALCÓN MALTÉS”, adquiría aquí su más depurada expresión a través de los últimos retoques al dibujo de ese curtido Rick Blaine que se comporta con la apariencia de un individuo cínico y desencantado que habiendo renegado de su anterior idealismo y romanticismo (entre otras aventuras, había suministrado armas al ejército republicano en la guerra civil española), no obstante, llegado el momento y presionado por las circunstancias, de nuevo vuelve a estar dispuesto a comprometerse con una causa noble. Supongo que a partir de este título ya indeleble, se cimentó el mito, el “culto Bogart” como icónica representación del arquetipo de héroe romántico e insisto, moderno. Desde entonces este esquema se ha aplicado como una plantilla en incontables réplicas y variaciones. Algunas realmente gloriosas como “TENER Y NO TENER” de Howard Hawks, protagonizada por el propio Bogart; otras, la mayoría, perfectamente olvidables como “CABOBLANCO” de J. Lee Thompson y “HABANA” de Sydney Pollack.

10 de mayo de 2017

BUENOS DÍAS, TRISTEZA (Bonjour tristesse)
(USA-GB) Columbia / Wheel Films, 1957. 94 min. Color. CinemaScope.
G: Arthur Laurents, basado en la novela de Françoise Sagan. Ft: Georges Perinal. Mt: Helga Cranston. DA: Roger Furse. Vest: Hope Bryce. Ms: Georges Auric. Títulos: Saul Bass. Pr y Dr: Otto Preminger.
Int: Deborah Kerr, David Niven, Jean Seberg, Mylène Demongeot, Geoffrey Horne, Walter Chiari, Juliette Greco, Martita Hunt, Roland Culver, Jean Kent, Eveline Eyfel, David Oxley.
La joven Cecile (Jean Seberg) baila con el acompañante de turno en un club de moda parisino mientras su mente escapa al verano pasado en la Costa Azul.
En los lavabos de ese local, a solas, Cecile se mira en el espejo.
Unos meses antes en la Riviera francesa. Cecile y su padre Raymond (David Niven), tienen alquilado un chalet frente al mar donde disfrutan de unas placenteras vacaciones.
Aquí vemos a Elsa (Mylene Demongeot), la amante ocasional del padre, negándose remolonamente a salir de la cama porque el sol le ha quemado la piel.
Elsa, roja como un cangrejo y con crema protectora en la nariz, y Raymond
se divierten bajo la sombrilla.
Lo cierto es que Cecile, Raymond y Elsa forman un compenetrado trío. El padre porta un ramo de flores para recibir a una antigua amiga suya a la que ha invitado a pasar unos días con ellos.
Esta es la recién llegada Anne (Deborah Kerr).
En principio, la discreta Anne trata de ocultar su atracción por Raymond fingiendo
ante sí misma una relación de mera amistad con él.
 
...Pero pronto se manifiesta abiertamente en sus sentimientos hacia él ante
la inquieta sonrisa de Cecile que observa la situación creada.
La relación entre ambas mujeres va tensándose cuando Anne se siente autorizada
para interferir en la vida de Cecile.
Cecile comprende que el "status quo" establecido entre ella y su padre
está siendo resquebrajado por la influencia de Anne.
Mientras al fondo vemos a Anne dirigiéndose sola a la playa, Raymond discute con su hija en la terraza tratando de restar importancia a sus quejas.
Una imagen reveladora: un amansado Raymond disfruta con Anne de una sosegada velada en el chalet mientras ambos "ignoran" la presencia de Cecile.
SINOPSIS: Un viudo elegante y libertino y su hija adolescente, viven una existencia feliz y despreocupada en la Riviera francesa. Su frívolo concepto de los sentimien­tos llegará a provocar la muerte tal vez por suicidio de una diseñadora inte­resada sentimentalmente por el padre.
Fiesta en casa. En primer término vemos a la doncella (Eveline Eyfel) echarse al coleto disimuladamente un lingotazo de whisky mientras el resto de los concurrentes parece divertirse de lo lindo.
Este es Philippe (Geoffrey Horne), un atractivo joven que pasa sus vacaciones al lado de su madre en un chalet cercano al de Raymond y Cecile.
Más como un símbolo de rebeldía que por atracción, Cecile inicia con Philippe
una relación sentimental.
Ella sabe que Anne no aprueba sus escarceos con Philippe pero la desafía.
Un momento de relax y buen entendimiento entre padre e hija.
Ante su hija, Raymond sopesa la posibilidad de casarse con Anne y cambiar de vida.
Anne comienza a ejercer como madrastra comprensiva pero al mismo tiempo autoritaria cuando trata de cambiar las costumbres de Cecile. Algo que la muchacha no lo soporta.
El rostro preocupado de Anne.
Es verano, están en la Costa Azul y se impone una visita al Casino. Eso en la superficie, pero Cecile ya ha urdido un plan para librarse de la presencia de Anne.
Ese plan ha dado resultado: Anne se siente burlada y engañada por Raymond cuando, según lo trazado por Cecile, descubre que éste aún mantiene relaciones eróticas con Elsa.
Tras la inesperada tragedia, volvemos al presente en un París nocturno y en blanco y negro. Juliette Greco canta en un club al que asisten Raymond y Cecile.
Mientras se aplica crema en el rostro, Cecile recuerda los acontecimientos del verano pasado y no puede reprimir las lágrimas por un sentimiento de culpa y ante el vacío que se abre en las vidas de ella y su padre.
COMENTARIO: No estoy seguro de lo que pudo empujar a Preminger a llevar al cine la novelita de Françoise Sagan. En cualquier caso, pese a los cambios introducidos y la transformación operada en los personajes en su tránsito al celuloide, la película, aunque muy interesante, resulta –digamos– poco típica de su autor quien probablemente a falta de otros asideros se centró en un concienzudo y milimétrico trabajo con los actores (principalmente, las tres actrices), creando con ellos la sensa­ción en pantalla de autenticidad y libertad en su actuación. Incluso el papel de David Niven, cuyo previsible Raymond (el padre de Cecile) es de trazo fácil, está soberbiamente trabajado.
Pero hablando de los roles femeninos, el film se centra en el personaje de Cecile incorporado por Jean Seberg. Esta enigmática mujer y fascinante actriz que aún no había pasado por las manos de Godard y Robert Rossen, por lo que posteriormente supimos de ella, era difícil de manejar y estos grandes directores con los que trabajó comprendieron que resultaba más rentable explicarle bien su personaje en largas conversaciones y dejarla luego con la suficiente libertad para que se estableciera una ósmosis entre actriz y personaje. El resultado fue excitante, tanto en los dos trabajos que hizo para Preminger como en las películas que rodó con Godard y Rossen. Así, ver a Cecile-Seberg en “BUENOS DÍAS, TRISTEZA” cómo se mueve, cómo mira y observa a los demás, cómo reacciona, cómo respira, “ella es la película”, una joven que necesita sentirse libre, rellenar a su antojo el dulce vacío de sus días utilizando a su libertino padre como el adecuado instrumento para perpetuar esa burbujeante concepción de la vida ociosa. En realidad, precisando más, ambos personajes son complementarios y se retroalimentan.
La llegada inesperada de Anne (Deborah Kerr), antigua amiga de su padre, una mujer madura y de vida organizada, su influyente presencia invadiendo ese pequeño paraiso acotado, es considerada por Cecile como una amenaza y por lo tanto activa su deseo “natural” de sacarla del escenario, de deshacerse de ella, recurriendo cuando lo precisa la situación, como un juego, al concurso interesado de la inconsistente Elsa (“prodigiosa” Mylene Demongeot), amante estival de Raymond.
La antipatía de Preminger por Anne resulta evidente a través del tratamiento que da al personaje, no solo en la descripción sino en la forma de encuadrar y dirigir a Deborah Kerr. He aquí el dibujo: una mujer suave pero intransigente, algo ridícula en su exquisitez, impositiva, con una consciente superioridad intectual que la hace creerse capaz de competir con las mujeres jóvenes y turgentes que satisfacen el apetito sexual de Raymond. Podemos decir que en cierto modo el director se pone de parte de la joven Cecile para desembarazarse de ella, si bien, a nivel de guión, no le quedaba otra que reconocer el insensato proceder de la joven (y su padre) y a la postre una posterior y parcial asunción de las consecuencias acarreadas.
Luz, diversión, inconsciencia y color para el flashback que constituye el cuerpo de la película y que describe el verano pasado en la Riviera, y unos expiatorios prólogo y epílogo en blanco y negro para el nocturno presente parisino de ese padre y su hija saltando de fiesta en fiesta como meros fantasmas que huyen de sí mismos.