26 de febrero de 2013

EL AMOR PERJUDICA SERIAMENTE LA SALUD
(Esp-Fr) Sogetel / Bocaboca / Le Studio Canal+ / DMVB, 1996. 120 min. Color. Panavision.
Pr: César Benítez, Joaquín Oristrell y Manuel Gómez Pereira. G: Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, Juan Luis Iborra y Manuel Gómez Pereira. Ft: Juan Amorós. Mt: Guillermo Represa. DA: Félix Murcia. Son: Iván Marín. Ms: Bernardo Bonezzi. Dr: Manuel Gómez Pereira.
Int: Ana Belén, Juanjo Puigcorbé, Gabino Diego, Penélope Cruz, Carles Sans, Lola Herrera, Laura Conejero, Luis Fernando Alvés, Miguel Palenzuela, Carmen Balagué, Ana Otero. Cameos: Javier Bardem, Aitana Sánchez-Gijón.
En 1965, Diana (Penélope Cruz) era una apasionada seguidora de los Beatles y lo demostró en la visita a España del cuarteto de Liverpool.
El azar y un accidente unen los destinos de Diana y Santi (Gabino Diego) mientras ella se cuela en el hotel donde se alojan los Beatles.
Caracteres incompatibles, diferente extracción social, órbitas divergentes, son los elementos que sabotean la relación sentimental de esta pareja accidental.
En su ideario, ella tiene claro que su vida no ha de discurrir al lado de este pobre muchacho enamorado. 
SINOPSIS: Durante la visita de los Beatles a Madrid, en 1965, una intrépida fan del grupo inglés se cuela en el hotel Palace y logra introducirse en la habitación donde se aloja John Lennon. Allí, escondida bajo la cama, conoce a un botones del hotel con el que entabla una belicosa relación que se prolongará con vaivenes, separaciones y renuncias a lo largo de treinta años.
Han pasado los años y ahora Santi Juanjo Puigcorbé) se nos presenta con un físico diferente.
De nuevo el azar vuelve a reunir a Diana y Santi en un lujoso hotel parisino. Ella, introducida en la alta sociedad, él como agente de seguridad del rey Juan Carlos I.
Bella, elegante, ambiciosa, calculadora, Diana parece haber conseguido lo que deseaba de la vida ¿o no?
Después de varios matrimonios, el amor adolescente e inmaduro de Diana por Santi perdura y la empuja, siempre calculando riesgos, a alguna que otra locura. 
COMENTARIO: Probablemente a causa del pobre resultado comercial de sus dos últimas realizaciones (de muy alto interés pese al rechazo del público), la carrera de Manuel Gómez Pereira parece haber sufrido un parón que esperemos (para tranquilidad de quienes admiramos su cine) que sólo sea coyuntural. Película tras película, los firmes pasos hacia adelante de Gómez Pereira en el resbaladizo terreno de la comedia, dieron como resultado en su quinto largometraje, que es el que nos ocupa, un brillante ejercicio de gran inspiración y elegancia, que roza la perfección a partir de un guión de elaborada arquitectura y rico en ideas.
Como algunas comedias de grandes maestros (tanto Lubitsch como Stanley Donen están presentes), ésta combina y alterna con maestría los diferentes registros que requiere el repaso a esos treinta años de relación en la vida de Santi y Diana, dos personas divergentes que se aman por encima de sus pequeñas ruinda­des, de sus neuras, locuras y frustraciones. Así, en el primer segmento, el correspondiente a los años jóvenes, pasamos de una desternillante comicidad en la línea del mejor Blake Edwards, a una segunda parte jalonada de momentos en que la acidez y la mordacidad se adueñan de la pantalla, con los dos protagonistas ya adultos, devolviéndonos una mirada poco optimista sobre la condición humana y con la idea clara de que las relaciones hombre-mujer, seres antitéticos, están condenadas las más de las veces al eterno enfrentamiento, a la oxidación y al fracaso, o en el mejor de los casos al conformismo más atroz. Sin embargo, se percibe que Gómez Pereira (y ahí entra Donen) ama a sus criaturas aunque efectue sobre ellas una severa crítica.
“EL AMOR PERJUDICA SERIAMENTE LA SALUD” posee muchas de las virtudes -como las apuntadas más arriba- que caracterizan una gran comedia y aquí debemos hacer mención a una trabajada dirección de actores llena de sutiles matices que consigue arrancar un formidable trabajo actoral de todo el reparto con esa audaz (y buñuelesca) opción de que Penélope Cruz y Ana Belén, Gabino Diego y Juanjo Puigcorbé, compartan personaje. Pero, además, un rendido chapeau a las cortas intervenciones de Laura Conejero (memorable secuencia preñada de tristeza la de Santi y Diana bailando un bolero con sus respectivas parejas mientras sus alter ego vuelan el uno hacia el otro).

17 de febrero de 2013

AMOR (Amour)
(Fr-Al-Austria) Les Films du Losange / X Filme Creative Pool / Wega Film, 2012. 127 min. Color.
Pr: Margaret Ménégoz, Michael Katz y Stefan Amdt. Ft: Darius Khondji. Mt: Nadine Muse y Monika Willi. DA: Jean-Vincent Puzos. Vest: Catherine Leterrier. Son: Guillaume Sciama. Ms: clásicos. G y Dr: Michael Haneke.
Int: Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert, Alexandre Tharaud, William Shimell, Ramon Agirre, Rita Blanco, Carole Franck, Dinara Drukanova.
Georges (Jean-Louis Trintignant) es un octogenario cuya apacible existencia está a punto de ser  trastocada.
Anne (Emmanuelle Riva) es su esposa quien sufrirá un infarto cerebral que la sumirá en un estado de parálisis parcial y un deterioro gradual.
Anne, mujer cultivada, fue profesora de música.
SINOPSIS: Georges y Anne, profesores de música jubilados, forman un matrimonio culto de clase acomodada y viven solos en un piso parisino. Una mañana, mientras desayunan, ella sufre un ictus cerebral que le paraliza parte del cuerpo. A partir de ese momento, su situación irá deteriorándose y el marido, habiendo prometido a su esposa que jamás la llevará a un hospital o a una residencia, sino que siempre permanecerá a su lado, deberá ocuparse de ella en todos los menesteres. Un trabajo agotador que someterá la relación de pareja a una dura existencia. 
El momento dramático en que Georges toma conciencia de que algo grave le ha ocurrido a su esposa.
El contraplano de la tragedia: un rostro ausente, el sentido robado.
Eva (Isabelle Huppert), la preocupada hija de Georges y Anne, vive alejada de sus padres, en el extranjero, y su visita no ayuda mucho.
COMENTARIO: Acudí a ver esta película bajo mi entera responsabilidad, desoyendo las severas advertencias de una querida persona a quien le gusta el cine casi tanto como a mí y que, conociendo mi actual circunstancia, encendió la luz roja cuando ella aún no había podido reponerse del impacto que le causó la cinta de Haneke, director cuya obra admira. Bien, agradeciéndole su encomiable afán protector, hubiera, sin embargo, resultado imperdonable que yo, como cinéfilo, renunciara a la película para salvar mi equilibrio emocional.
Ciertamente, el visionado de “AMOR” golpea al espectador en lo más profundo, en esa zona de nuestro ser que pretendemos blindar y cuya entrada cegamos para evitar en nuestra vida cotidiana la filtración de la verdad terrible que conlleva nuestro paso por el mundo. La película habla de la vejez y el deterioro, del dolor y la enfermedad, de la soledad e indefensión ante la adversidad, pero, sobre todo, habla del cariño, el amor y la ternura, de la compasión.
Ya desde ese arranque que nos libera de la intriga descubriéndonos el desenlace trágico de la historia, la opción de Michael Haneke no puede ser más ética. Pero esa mirada honrada y desnuda (largos planos fijos, limpios, respetuosos y a la vez implacables que recogen la acción sin apostillarla) conlleva no renunciar a la terrible dureza de unas imágenes que muestran con la precisión quirúrgica de un láser la magnitud de la tragedia, tanto física como moral, en que se ven atrapados esos dos octogenarios, antiguos profesores de música, que han compartido una vida en común, que se aman y se respetan y que al final de sus vidas se ven succionados, entre las paredes de su casa, por un abismo en el que son gradualmente despojados de su dignidad.
Un factor esencial en el impactante resultado de esa puesta en escena frontal era la presencia de unos intérpretes que transmitieran toda la (lacerante) verdad de sus personajes. La dimensión física que imprimen los rescatados Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva (no encuentro adjetivos que hagan justicia a su impresionante trabajo) a ese matrimonio formado por Georges y Anne, resulta determinante y sobre ellos recae en buena medida la noqueante fuerza de muchos momentos de esta indiscutible, imprescindible obra maestra.

9 de febrero de 2013

EL CABO DEL TERROR (Cape Fear)
(USA) Universal / Melville-Talbot, 1962. 106 min. BN.
Pr: Sy Bartlett. G: James R. Webb, basado en la novela "The Executioners" de John D. MacDonald. Ft: Sam Leavitt. Mt: George Tomasini. DA: Alexander Golitzen y Robert Boyle. Vest: Mary Wills. Ms: Bernard Herrmann. Dr: J. Lee Thompson.
Int: Gregory Peck, Robert Mitchum, Polly Bergen, Martin Balsam, Lori Martin, Jack Kruschen, Telly Savalas, Barrie Chase, Edward Platt, Paul Comi, John McKee, Will Wright, Joan Staley, Ward Ramsey.
Max Cady (Robert Mitchum) ha llegado a la ciudad con aviesas intenciones.
El abogado Sam Bowden (Gregory Peck) pierde el sosiego ante la amenazadora presencia de Cady.
Peggy (Polly Bergen), la esposa de Bowden, recibe llamadas inquietantes.
Cady desfoga su sadismo con Diane /Barrie Chase), una pobre prostituta que ha conocido en un bar.
La amenaza de Cady sobre la familia Bowden se hace cabe vez más explícita.
El abogado Dave Grafton (Jack Kruschen) y el jefe de policía Dutton (Martin Balsam) intentan ayudar a Bowden tratando de tender una trampa al astuto Cady.
SINOPSIS: Hasta una pequeña ciudad de Georgia llega un ex-convicto, psicópata rencoroso, que tratará de ajustarle las cuentas al abogado responsable de que él acabara en prisión y permaneciera encerrado durante ocho años. Para ello, iniciará un solapado asedio a la esposa e hija de este letrado como parte de un elaborado plan de venganza que llevará a cabo con fría meticulosidad.
Los Bowden viven angustiados ante la ineficacia de las acciones encaminadas a detener los planes de Cady. La pequeña Peggy (Lori Martin) es el objetivo más claro del psicópata.
Peggy sufriendo en plena calle una explícita insinuación sexual de Cady.
Ahora le toca el turno a la madre de Peggy a la que nuestro escalofriante y desvestido psicópata hace sudar ¿de miedo?
Un Sam Bowden desesperado recurrirá finalmente a un arriesgado órdago para acabar con Max Cady.
COMENTARIO: Tras haber aprovechado las desavenencias de Alexander Mackendrick con el productor para usurparle la dirección de “LOS CAÑONES DE NAVARONE”, el director británico J. Lee Thompson , reclutado entonces por Hollywood y con un repentino toque de inspiración que no volvió a repetirse nunca más, remontó para la ocasión su proverbial mediocridad consiguiendo con “EL CABO DEL TERROR” una película que sin llegar a la genialidad (muy poco le faltó) contiene numerosos elementos de interés. Y esos aciertos de puesta en escena la han convertido con el paso del tiempo en uno de los clásicos del negro-negro al que con más frecuencia acudimos para comprobar -un poco incrédulos- que sí, que es tan buena como parece. Un ejemplo: la presentación del personaje de Max Cady (Mitchum) nos es dada en menos de dos minutos y sin necesidad de diálogos ni enfatismos; solo necesitan un par de panorámicas de Mitchum con sombrero blanco y guayavera cruzando con displicencia el centro urbano y penetrando en el edificio del Juzgado, cruzándose con una funcionaria a quien ni siquiera mira cuando su roce le tira los legajos y blandiendo un enorme habano en su boca. A partir de esos planos ya sabemos, en sabia síntesis, con quien nos vamos a enfrentar. Pero, además, entre los méritos que acumula la cinta de Thompson se cuentan un excelente guión de thriller con perfecta progresión hacia el terror, la astuta ocurrencia de acudir al montador y al músico habituales de Hitchcock y, sobre todo, la potente presencia de un Robert Mitchum que produce escalofríos y que se come crudo al pobre Gregory Peck (que tenía participación en la producción), recreando de manera genial un personaje muy similar al que incorporara siete años antes en la insólita y fascinante obra maestra de Charles Laughton, "LA NOCHE DEL CAZADOR".
Para acabar, un par de notas: algunos planos que mostraban de manera explícita insinuaciones sexuales de Max Cady a la hija del abogado Bowden, una pequeña de 14 años, fueron en su día preventivamente eliminados del montaje tras una restringida preview.
En 1991, Martin Scorsese llevó a cabo un soberbio remake, que logró situarse a la altura de su modelo con una clara pretensión de superarlo a la hora de enturbiar atmósferas e inyectar complejidad al dibujo de los personajes. Entre la fascinación y el vértigo, la versión de Scorsese, cargada de sugerencias y simbología, navega hacia el corazón de un terror expiatorio (la escalofriante composición de Robert de Niro no logra, sin embargo, superar la más relajada pero demoniaca del gran Mitchum) en imágenes de impactante compo­sición y montaje.

2 de febrero de 2013

GLADIATOR
(USA-GB) Universal /Dreamworks / Scott Free, 1999. 155 min. Color. Panavision.
Pr: Douglas Wick, Branko Lustig y David Franzoni. G: David Franzoni, John Logan y William Nicholson. Ft: John Mathieson. Mt: Pietro Scalla. DP: Arthur Max. Vest: Janty Yates. Ms: Hans Zimmer y Lisa Gerrard. Dr: Ridley Scott.
Int: Russell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Richard Harris, Derek Jacobi, Djimon Hounsou, David Schofield, John Shrapnel, David Hemmings, Giannina Faccio, Tomas Arana, Ralf Moeller, Spencer Treat Clark.
Dentro y fuera del campo de batalla, Marco Aurelio (Richard Harris) confía en su general Maximus (Russell Crowe) al que ama y respeta como a un hijo.
Maximus se cerciora de que los hombres a su mando están preparados para entrar en combate en los brumosos bosques de Germania.
Lucilla (Connie Nielsen), hija de Marco Aurelio, ama en silencio al noble Maximus.
Cómodo (Joaquin Phoenix), hijo de Marco Aurelio, enfermo de celos y ambición, tiene en mente una idea terrible que llevará a cabo de manera implacable.
A la muerte de Marco Aurelio, la bella Lucilla se encuentra atrapada en una difícil situación que la obliga a un concubinato con su incestuoso hermano.
La esposa de Maximus (Giannina Faccio, esposa de Ridley Scott en la vida real) y su pequeño hijo sufrirán la vengativa ira de Cómodo.
SINOPSIS: En el año 180 D.C. la campaña contra los bárbaros ha terminado. Y ahora, tras casi tres años de feroces combates con las tribus germánicas, el general romano Maximus unicamente desea volver a su hogar y reunirse con su esposa e hijo. Pero el emperador Marco Aurelio, envejecido y enfermo, ha pensado para él un futuro diferente: desea otorgarle poder absoluto para garantizar la transición de Roma a la República, devolviendo el poder al Senado. Pero Cómodo, el cruel y ambicioso hijo del emperador, no consentirá tal cosa.
El mercader Proximus (Oliver Reed, muerto durante el rodaje) se fijará en las posibilidades como gladiador del infortunado Maximus, capturado y vendido como esclavo.
Roto de dolor por el asesinato de su familia a manos de los sicarios de Cómodo, Maximus acepta ser gladiador a la espera de que algún día pueda tomar venganza.
Cómodo ya es emperador y su crueldad no conoce límites. Ahora tiene a Maximus donde quería. Le odia, le envidia y le teme a partes iguales.
En la arena del circo le esperan pruebas muy duras.
Un desafiante y enfurecido Maximus, sin nada que perder, pidiendo guerra.
El dulce final de una vida de lucha, sufrimiento y muerte.
COMENTARIO: El que suscribe, fue un bebé que nació enamorado del cine. Ahora, ya con canas y unas treinta mil películas vistas, aquel niño cinéfilo confiesa su incapacidad para adaptar su sensibilidad –forjada en la gramática de los clásicos– a ese fragmentador, tramposo y apabullante cuando no irritante “estilo” narrativo en el que han caído la mayoría de los realizadores-esbirros que forman parte integrante de la gigantesca máquina de churros que es el Hollywood actual. El que suscribe, quiere referirse a ese concepto “moderno” de puesta en escena (por así llamarla) que basa su efectismo en una indiscrimi­nada, incoherente, masiva proliferación de primeros y primerísimos planos sin venir a cuento (con lo que se destruye el valor dramático del close-up), alternados con breves planos medios o generales, a su vez interrumpidos por insertos de duración casi subliminal y todo ello con la única y muy calculada función (en esto, el ensordecedor colaboracionismo del Dolby digital es esencial) de sorprender e impactar al espectador impidiéndole percibir en su verdadera dimensión las acciones de los personajes, el contexto en que son ejecutadas y la repercusión que tienen en su entorno. Da lo mismo que se trate de un thriller con psicópata, una come­dia para adolescentes o, como es el caso que nos ocupa, una inesperada y millonaria exhumación del género peplum o más conocido como “cine de romanos”.
Del devaluado autor de “LOS DUELISTAS”, “ALIEN” y “BLADE RUNNER” aún cabía esperar algo más que un birrioso (incluso en su infográfica espectacularidad) tebeo con esquema de spaguetti-western. Pero, en fin, para  mejor razonar este ataque frontal a “GLADIATOR”, ahí van cuatro contundentes argumentos que decoloran la cinta de Ridley Scott hasta hacerla desaparecer: el primero es la impresionante secuencia de la carrera de cuádrigas de “BEN-HUR”, diseñada y ejecutada por los heroicos Andrew Marton y Yakima Cannut, once electrizantes minutos de espectáculo sin parangón en la historia del cine; el segundo es “ESPARTACO” (comparemos la filmación de las escenas en la escuela de gladiadores y las batallas del film de Kubrick con sus homólogas en el que ahora nos ocupa); el tercero es “BARRABÁS” que, entre otras muchas virtudes, contiene las más espeluznantes y realistas escenas en la arena del circo que uno recuerde, filmadas con gran sabiduría por Richard Fleischer, uno de los maestros de la fisicidad; y el cuarto es “LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO” de la que “GLADIATOR” retoma con impávido descaro los cuatro personajes principales de la película de Anthony Mann y buena parte de su esqueleto argumental para un indigno refrito que sólo saborearán quienes por extrema juventud o tal vez por pereza desconozcan tan ilustres (e ilustradores) precedentes de los que pocas enseñanzas parecen haber sacado los responsables de este tan pretencioso como decepcionante producto.